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ROJO SOBRE GRIS

Déjate poseer

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión07-12-2009

Yo sí lo creo. Sí creo que la música puede cambiar el mundo. Todos juntos, en distintos lugares del mundo, cada uno en el suyo, músicos de la calle cantan al mismo tiempo una misma canción. Hablan idiomas diferentes; sus tradiciones, su atuendo, su historia... todo es tan distinto como las calles de Nueva York lo son de las de Nueva Dheli o las de Madrid de la sabana africana. Pero en todos esos lugares y en muchísimos más, ellos están y cantan la misma canción al mismo tiempo. Yo pienso y siento mejor cuando escucho música. La música me ayuda a encontrar palabras, como si fuese una linterna en la oscuridad. Una buena amiga, cuando tuvo a su segundo hijo, me decía un día: “No sé por qué, pero hay personas a las que casi no conozco y a las quiero sólo de ver cómo quieren a mis hijos”. La música también me ayuda, como el amor, a descubrir esas cosas que te unen a otras personas más allá y por encima de las diferencias. La música me endiosa, en ese sentido maravilloso de la palabra endiosar que significa ser poseída por los dioses. Me parece como si estuviera tocando el cielo, como si Dios se revelara y se mostrara ahí más claramente con toda su pasión y belleza. Si esa experiencia vivida individualmente es fascinante, es casi perfecta cuando se comparte con otros, como casi todo en esta vida. A veces sucede que, lo que has experimentado, de repente parece que se esfuma. Se acaba la música y parece como si te despertaras de repente y todo hubiese desaparecido. Yo, que soy melancólica y nostálgica, me pongo triste. Durante un tiempo tendía a huir de esa sensación con una brusca vuelta a la realidad, pero un día descubrí el “silencio de resonancia”. Es una forma genial para dejar que esas cosas bonitas que has experimentado se maceren en tu interior. Las piensas, te enfrentas a ellas, les haces preguntas y les permites que te dejen huella para formar parte de ti para siempre. No creo que las cosas bellas tengan necesidad de ser útiles, pero es verdad que la belleza sirve. Creo que esa potencialidad de la belleza para crear lazos y espacios de comunión entre los hombres, para derribar muros y romper barreras es una consecuencia de la belleza misma, y, para mí que tiene que ver con que las cosas bonitas lo son porque participan de ese Dios que es la bondad, la verdad, la unidad y la belleza. No sé si creerán lo mismo los músicos o los iniciadores de Playing for change, la iniciativa singularísima con la que comenzaba esta artículo. No sé si habrán descubierto que proponer la música como forma de unión entre los hombres es como una invitación a dejarse poseer por Dios. Por si acaso, y porque quiero cantar la misma canción que otros en muchos otros lugares del mundo al mismo tiempo, me iré al primer concierto en España el próximo 17 de abril. Rojo sobre gris a Playing for change. Yo sí quiero dejarme poseer: por la música, por la belleza, por Dios.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo