¿TÚ TAMBIÉN?
Contra la Iglesia
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión30-11-2009
Dios vuelve a estar de moda gracias a los ateos. Ya dijo Chesterton que “si Dios no existiera, no existirían los ateos”. La frase es falaz -pues un ateo no se rebela contra Dios, sino contra la idea de Dios-, pero encierra cierta guasa pues es cierto que no tiene mucho sentido rebelarse contra algo que no existe. Parece mucho más sano y sensato el mero agnosticismo (no sabemos, no juzguemos, respetemos lo que cada uno piense al respecto siempre que ese pensar no atente contra la dignidad del hombre). Mucha más chicha tiene el debate con -y contra- la Iglesia, que también ha hecho correr -y sigue haciéndolo- ríos de tinta y sangre, con la diferencia de que, en general, la única sangre que ya se derrama en estas disputas es la de los creyentes en diversos lugares del mundo poco civilizados. De ahí que me llame mucho la atención los ataques sistemáticos contra una institución que, objetivamente, no puede hacer mucho mal y hace, sin embargo, mucho bien. Puestos a admitir que la cuestión de Dios es algo personal y subjetivo, lo sensato es juzgar sobre los resultados prácticos del hecho incuestionables que nos ocupa: ¿Qué bienes o males supone, objetivamente, la existencia de la Iglesia? El agnóstico confeso -valga la paradoja- Bruce Sheiman ha publicado un libro en defensa de la religión como institución cultural. Sostiene que “la religión proporciona una combinación de beneficios psicológicos, emocionales, morales comunes, existenciales e incluso de salud que ninguna otra institución puede reproducir”. Sin duda esto es cierto y es un gran bien social, de ahí que Sheiman se confiese “aspirante a teísta”, pues le encantaría creer y así obtener todos estos beneficios. Yo no puedo sino discrepar de su postura, pues el hecho de que algo “me convenga” no lo convierte en verdadero, aunque sí estoy seguro de que conocer la verdad suele ser lo que más nos conviene. Me explico: saber si Dios existe o no, si se puede tener una relación personal con él y cómo se hace eso, no me parecen cuestiones sobre las que podamos permanecer indiferentes. No obstante, los beneficios de los que habla Sheiman no dejan de tener una dimensión subjetiva. Insisto en mi pregunta: ¿Por qué estar hoy objetivamente en contra de la Iglesia y de sus creencias? Porque si bien es cierto que la opinión pública es mayoritaria en contra de la Iglesia, los datos son más que contundentes: la mayoría de los padres, cuando pueden elegir el mejor colegio para sus hijos, eligen un colegio católico; al acudir a una institución benéfica, la gran mayoría de la sociedad prefiere las católicas; a la hora de repartir donaciones, la sociedad también elige como las fundaciones con más prestigio a las católicas. Si echamos un ojo a los presupuestos de diversas instituciones, quien con menos dinero proporciona mayores beneficios sociales es la Iglesia católica. La Iglesia católica le ahorra al Estado español millones de euros al año en servicios sociales, asistenciales y en conservación de patrimonio. Si vamos al rincón más pobre, peligroso y necesitad o del mundo, allí encontramos católicos de todos los rincones del mundo ayudando a esas personas, y son los últimos en salir -y los primeros en morir por no huir- cuando la cosa se pone fea. Si todo esto es así, y todo lo citado son datos objetivos y comprobables empírica y estadísticamente -les invito a que se pongan a ello-, ¿por qué hay quien se empeña en atacar a la Iglesia? Les invito también a hacer otra cosa: esos que dedican su vida a atacar a la Iglesia, ¿qué han aportado al mundo? Los hombres podemos y debemos discrepar mucho entre nosotros, pero el secreto de la convivencia es aplaudir, aceptar y alentar lo bueno que viene de otros. Es ese un buen pilar sobre el que edificar ese lugar donde la vida se ensancha.