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ANÁLISIS DE ECONOMÍA

Ladrillo embotellado

Fotografía

Por Gema DiegoTiempo de lectura2 min
Economía29-11-2009

The Economist diseccionaba hace unos días las debilidades más profundas de la economía española, a la que diagnosticaba “una borrachera de ladrillo” como parte de la causa de sus males. La historia se repite, y fuera de nuestro país el ladrillo también ha puesto al borde del abismo al emirato de Dubai, paraíso hasta hace poco de la especulación inmobiliaria. Y es que al final se nota cuando los pisos sobran: cuando en el centro de las ciudades muchos están vacíos; cuando las nuevas promociones se venden a cuentagotas; cuando las urbanizaciones parecen setas con tejas abandonadas al borde de las carreteras; cuando no se llegan a construir viviendas que se estaban vendiendo sobre plano; y cuando los carteles de “Se vende” y “Se alquila” florecen cual hongos en otoño lluvioso. Son peligrosas las botellas alcoholizadas con ladrillo. Quienes jugaron pensando que la demanda sería infinita por mor de la apuesta especulativa comprometieron irresponsablemente los cimientos de las economías de los países por los que se extendieron. En el caso de Dubai, parece ser que su vecino, Abu Dabi, está dispuesto a socorrer a los deudores para que éstos no caigan en una temida bancarrota. En el caso de España, nos va a costar más tiempo y esfuerzo que los demás salir de la crisis a cuenta de este afán por la expansión inmobiliaria. El artículo de The Economist era incluso incisivo con el comportamiento del Gobierno, al que acusaba de ser “demasiado optimista” y de no tomar las decisiones adecuadas para acabar con esta mala racha. Especialmente duro se mostraba con el mercado de trabajo en el que, según la publicación, se protege excesivamente a trabajadores mediocres con contratos indefinidos, de quienes no se puede prescindir porque los costes de sus despidos son excesivos y donde, por el contrario, no se incentiva a los jóvenes ni se forma a los empleados con contratos temporales. Es verdad que puede haber empleados que, con el paso de los años, se anquilosen, pierdan interés y se conviertan en un lastre para las empresas y para sus compañeros. Pero abaratar el despido para que sea más fácil deshacerse de ellos, como sugiere entre líneas The Economist, no debería ser la solución, porque desposeer a los trabajadores de derechos que se han ido ganando con mucho esfuerzo desde el siglo XIX sería renunciar a la dignidad laboral. Sería como aceptar un “Todo vale” con tal de que las empresas tengan beneficios. Y no, señor, no todo vale, porque aquí lo que queremos es una economía sostenible para todos aunque el carro vaya más lento, y no que el sistema funcione a todo gas y a toda costa para el enriquecimiento de unos pocos.

Fotografía de Gema Diego