¿TÚ TAMBIÉN?
De juergas y disturbios
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión13-09-2009
Los incidentes en las fiestas de Pozuelo de Alarcón, provocados por jóvenes que insultaron y agredieron a la policía hasta el punto de provocar incidentes en la comisaría han sorprendido a la opinión pública. Que les haya sorprendido es sin duda fruto de su sordera moral para atender a los problemas reales de nuestro tiempo; y que lo consideren un acontecimiento aislado, sin mayor importancia, nos confirma en que piensan seguir sordos respecto de lo que no les interesa afrontar. Me extrañaría mucho, por ejemplo, que a la comunidad educativa, que lleva una década alertando de la falta de respeto a la autoridad de los niños y adolescentes, le sorprendan estos incidentes. Tampoco extrañará a los maestros la actitud de algunos de los padres de estos chicos, que no sólo les disculpan sino que consideran muy severa la medida adoptada por el juez de obligarles a estar a las 22.00 de vuelta en sus casas durante los próximos días. Menos aún la “opinión” -por llamar de alguna manera a la emisión de tres frases inconexas y superficiales- que los propios jóvenes han manifestado y visto difundida por los medios de comunicación sobre este tema. El problema de la educación es uno de los más graves de nuestro país, no sólo por las consecuencias que supone en todos los ámbitos -y no sólo el económico que tanto le preocupa a Rajoy-, sino porque tarda en solucionarse al menos 30 años -una generación-. Preocupa, en primer lugar, que los padres no se sientan responsables de lo que hacen sus hijos; y más aún que las irresponsabilidades de éstos sean vistas como chiquilladas sin importancia. Mientras que otras legislaciones recogen que los padres paguen penalmente la culpa de lo que hacen sus hijos menores de edad, en la nuestra, los que van de “duros” y piden reformar la ley del menor, quien que paguen los menos culpables: unos chicos que apenas han recibido formación respecto de lo que es el bien y el mal moral; y que, cuando la reciben, lo que les enseñan es que eso del bien y el mal es relativo. Preocupa, en segundo lugar, la incapacidad de los poderes públicos para reconocer el problema de la educación y lo estúpido de las soluciones que plantean, fruto de intereses ideológicos o de gobierno, y de no escuchar a los que saben de esto: la comunidad educativa. Preocupa, finalmente, que la ausencia de medidas urgentes y contundentes haga de esto un mal endémico e irreversible, de esos que provocan el fin de una civilización incapaz de comprenderse a sí misma, de identificar sus propios problemas y de proponerse a sí misma un futuro que emocione, vincule y haga de sus jóvenes personas maduras vinculadas a proyectos y valores por los que merezca la pena vivir. Estaría con los jóvenes cuya voz hemos escuchado estos días cuando sostienen que “el botellón no es el problema”. Lo estaría, si fueran capaces de dar razón de semejante afirmación y de mostrarse responsables ante la misma. Pero no pueden. No pueden, porque ni son capaces de argumentos sensatos, ni tienen voluntad de ser responsables de sus acciones. Como diría un viejo profesor universitario a sus alumnos: “Guárdense su opinión personal para el bar de la esquina; en clase, denme razones, argumentos de autoridad, ejemplos históricos y demuéstrenme con su vida que se creen su discurso”. “Formación de la inteligencia y disciplina de la voluntad”, decía Ortega que eran las condiciones necesarias en una “comunidad de personas” que quisiera reformar la sociedad. Sólo allí donde encontremos esas condiciones podremos edificar ese lugar donde la vida se ensancha.