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SIN CONCESIONES

El candidato Obama

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión26-07-2009

Hace apenas un año el planeta entero soñaba una utopía difícil de transformarse en realidad. Hillary Clinton y Barack Obama pugnaban por la candidatura del Partido Demócrata a la Presidencia de Estados Unidos. Todo estaba a su favor. Ocho años de mandato republicano parecían demasiados como para tambalear el triunfo de la oposición. La única duda era quién de los dos aspirantes progresistas pasaría a la historia al frente de la Casa Blanca: Hillary, como primera mujer en dirigir el país; u Obama, como primer hombre de raza negra en llegar a lo más alto del poder. La ilusión de sus discursos, la fuerza del cambio, el reto de acabar con las discriminaciones y algún remanente de machismo encumbraron a Barack Obama. La Humanidad al completo despertó del sueño americano y comprobó que, una vez más, cuanto parecía imposible cristalizó en realidad en el país de las oportunidades. Pronto se cumplirá un año de aquella gesta, antes y después de la cual muchos pseudoexpertos auguraron el fin de todos los problemas mundiales. Decían que Obama devolvería la concordia y la convivencia a Iraq. Decían que Obama llevaría la paz a Oriente Próximo tras décadas de enfrentamiento entre israelíes y palestinos. Decían que Obama impulsaría una nueva política económica que pondría fin a la crisis de la que algunos -como Zapatero- culparon a George W. Bush. Obama representaba el futuro y el futuro sólo podía ser cuasiperfecto en comparación con la gestión de su antecesor. Si Bush había invadido Iraq, Obama le devolvería la libertad. Si Bush había liberalizado la economía hasta el descontrol, Obama recuperaría el control. Si Bush había tratado como esclavos a los vecinos sureños del continente americano, Obama dialogaría con ellos desde la dignidad y sin interferencias imperialistas. Si Bush había ninguneado a los mandatarios europeos, Obama compartiría estrategia y objetivos con ellos. En resumen, con Obama todo sería perfecto. Por desgracia para quienes hacían tan magnos augurios, apenas han hecho falta seis meses para comprobar que Obama es como cualquier otro presidente. Su voz, los movimientos de sus manos y sobre todo el color de su piel le diferencian de sus antecesores. No hay más. El superpresidente que muchos esperaban sigue comportándose como un candidato a la Casa Blanca, con discursos ilusionantes, hermosas palabras, grandes sonrisas y una cadencia exquisita en sus exposiciones públicas. Lo demás sigue igual o peor: el paro roza el 10 por ciento, no hay visos de recuperación económica, tampoco parece que Israel vaya a aceptar la creación de un estado palestino, sigue habiendo atentados terroristas en Iraq aunque ya no sean portada de los periódicos y la violencia crece cada vez más en Afganistán. Era evidente que todo esto pasaría porque ni un solo hombre tiene la culpa de todos los males del mundo ni otro puede solventarlos de un plumazo. Aquella falacia ya ha quedado al descubierto. Ahora necesitamos que quienes nos dirigen -incluidos Obama, Zapatero o Sarkozy- dejen de comportarse como si todavía estuvieran en campaña electoral y gobiernen desde la verdad y en pro del bien común.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito