ANÁLISIS DE DEPORTES
El ciclismo pierde su sonrisa más preciada
Por Alejandro G. Nieto
2 min
Deportes28-09-2008
Acababa de perder una oportunidad histórica, la de convertirse en el único ciclista en ganar tres títulos mundiales consecutivos, y, sin embargo, Paolo Bettini cruzó la meta exultante, con los brazos en alto, los puños cerrados y, cómo no, sonriendo. El oro lo había conquistado su compañero Alessandro Ballan y eso, al hombre más feliz y más querido del pelotón, le llenaba de satisfacción. Ballan venció, pero El Grillo fue el destinatario de las ovaciones más emotivas y el dueño de todos los abrazos. En su última carrera como profesional y en su casa, Italia, Bettini recibió de los corredores y del público todo el cariño que durante 11 años él ha repartido. La marcha de Bettini deja al pelotón internacional huérfano de su ciclista más carismático. El Grillo ha dejado una impronta de humanidad, deportividad y ambición que será difícil de olvidar. Dejó su sello en las carreteras, con sus arranques de coraje cuando las fuerzas expiraban, su mentalidad de hierro para doblegar en las llegadas a especialistas del sprint y su garra para batirse con éxito en las clásicas más duras. Pero lo dejó también fuera de los recorridos, en los garajes y en los hoteles, donde destilaba compañerismo y simpatía. Tanto se hacía querer, con su humildad y su alegría, que, allá donde iba, el público le aplaudía como si fuera un corredor local. Para muestra un botón: en la última Vuelta a España, las gentes de Toledo y Suances, donde se adjudicó los triunfos de etapa, le vitorearon con la misma efusividad que a los ciclistas españoles. Bettini se va porque, en tiempos de crisis (también para el mundo del ciclismo), no ha encontrado un solo equipo que le ofrezca un contrato decente y, el suyo, el Quick Step, ha rechazado renovarle. Una decisión que atenta contra la lógica. Con 34 años, pero todavía con fuerzas en las piernas, Bettini ganó en 2008 dos etapas de la Vuelta a España, una de la Vuelta a Austria, otra de la Vuelta a Valonia y dos clásicas de un día. Todo eso, después de haber portado el maillot arco iris, el que viste al campeón mundial, durante dos años consecutivos. Pese a tal demostración de cualidades, el equipo italiano ha decidido largarle para apostar por la juventud de Stefan Schumacher, su nuevo fichaje, sin tener en cuenta que el resto de sus efectivos se reducen a los sprinters Tom Boonen y Gert Steegmans. Triste final para un corredor que ha engrandecido el espíritu más puro del ciclismo, limpio de sustancias oscuras y jeringuillas. En las carreteras queda la huella de su sudor, tinta con la que escribió sus hazañas. En el recuerdo permanecerá su eterna sonrisa, reminiscencia de los últimos latidos de vida en un deporte enfermo de gravedad.
