¿TÚ TAMBIÉN?
Neusner y el Papa
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión25-05-2008
Jacob Neusner es un rabino y profesor universitario que ha dedicado su vida a tender puentes entre el judaísmo y otras religiones. Su nombre y obra cobró fama mundial cuando Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret dedica unas páginas a dialogar con la obra de Neusner Un rabino habla con Jesús. Encuentro acaba de traducir esta deliciosa obra al castellano e incluye como epílogo, y por vez primera, una respuesta de Neusner al Papa. Podemos definir el diálogo como una lucha amorosa de inteligencias en combate por descubrir la verdad. La verdad, en un primer momento, del asunto tratado; pero, sobre todo, la verdad en la vida de quienes dialogan. Sólo quien busca la verdad en la vida puede luego pretender vivir en la verdad. No siempre hubo diálogo. Hubo un tiempo en que la afirmación de la diferencia y el olvido de lo común provocaron sangrientas guerras. Hoy lo habitual es ignorar las diferencias, bajo una falsa tolerancia que lejos de respetar al otro -en su distinción-, lo ignora solemnemente. Naturalmente, esta ignorancia y este falso respeto termina por explotarnos en la cara de forma violenta y entonces, muy dignos, respondemos con un hipócrita eufemismo: “Tolerancia cero”. Pero el diálogo amoroso no puede ser indiferente ni a lo común ni a la diferencia. Si no se dan, a un tiempo, ambos factores, el diálogo resulta imposible. Si todo es diferente, o el mundo es muy grande como para ignorarnos o uno tendrá que aplastar al otro. Si todo es común, ni el diálogo tendrá sentido –qué vamos a decirnos que no resulte redundante- ni la vida podrá ser divertida, novedosa, sorprendente o admirable. Lo diferente configura en buena medida nuestra identidad, lo común hace posible un espacio para el encuentro enriquecedor. En las obras de Benedicto XVI y de Jacob Neusner se respira este amor a la propia identidad, pero también el respeto por las otras identidades, en lo que de amables tienen en sí mismas y para el otro. Pero es ese amor y respeto, precisamente, el que no elude las diferencias, sino que las identifica con toda la crudeza y contundencia que las separa. Ahora bien: cuando, como ocurre con estas obras, no se discute sobre la identidad de quienes dialogan, sino sobre el mensaje de un tercero -en este caso, el Jesús histórico-, las conclusiones que se extraigan no pueden ser a la vez excluyentes y verdaderas. Es decir: que en lo esencial, en el diálogo entre judíos y cristianos sobre la cuestión de Jesús, o una de las religiones está equivocada o lo están las dos. Esto lo saben Neusner y Benedicto XVI y, por eso mismo, su diálogo nos da otra lección importante. La fuente de la verdad y del diálogo no son las tesis que tenemos en la cabeza -eso es idolatrar nuestra inteligencia-; la fuente de la verdad y la posibilidad del diálogo está en la realidad. En el caso de estos sabios, esa realidad son las Escrituras y del Jesús histórico y, tal vez por eso, pueden discrepar con crudeza sin dejar de respetarse profundamente entre ellos. Cuando uno descubre que la grandeza no está en lo que sabe, ni en lo bien que discute, sino en dónde -y en quién- descansa su corazón y qué -o a quién- contempla su inteligencia, empieza a habitar ese lugar donde la vida se ensancha.