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ANÁLISIS DE DEPORTES

Ser grande es una actitud

Fotografía

Por Roberto J. MadrigalTiempo de lectura3 min
Deportes06-04-2008

Los presidentes de los dos ¿grandes? –permítanme la interrogante– se han vuelto locos. Ramón Calderón ha pasado de vendedor de optimismo, y bastante humo, tras la gran primera vuelta del Real Madrid, a estar medio paranoico en cuanto el equipo ha vuelto a la cruda realidad en la segunda vuelta. Después del empate –y gracias– en Mallorca, no tuvo mejor ocurrencia que fiarse a la divina providencia… lo cual revela, de paso, que confía muy poco en sus propias capacidades y en las de su equipo directivo. ¿Alguien da más con menos palabras? Pues sí: el Barcelona no tardó ni 24 horas en hacer de un borrón un gran resultado, y Joan Laporta en meterse en un buen embolado, después de una salida de tono ante los peñistas culés. Y ojo, que acusar de las críticas a los que dicen ser del Barcelona es el último recurso, el más bajo, de un presidente que se está molestando en copiar, uno por uno, los errores de sus predecesores. Qué lejano queda ese 2003, cuando llegó a la presidencia tras el descalabro de Joan Gaspart, aglutinando a la oposición, antes de depurar a Sandro Rosell, el artífice de la llegada de Ronaldinho de Assis y de los dos mejores años de la historia reciente del Barça… Claro que, en la sombra, tuvo su parte de culpa el de la pañolada contra Laporta fue Getafe, que consiguió hacer del Barcelona, lo mismo que del Bayern de Múnich, un equipo vulgar y corriente. En medio de un contexto de crisis económica, en que los derechos televisivos no son solidarios, sino que recaen entre quienes generan más negocio –sí, Real Madrid y Barcelona–, la historia del Geta merecería más realce si cabe. No se les podrá agradecer debidamente a Ángel Torres y a Alfredo Duro todo lo que han hecho, porque pese a la estructura que están creando, en el momento en que el presidente o el director deportivo lo dejen, el ciclo alcista del Geta se acabará algún día. Porque no habrá recursos de política ficción, esto es, sería inimaginable –aunque posible, al ser los clubes sociedades anónimas, y por tanto empresas– encontrarse a un millonario excéntrico que se haga con la mayoría del accionariado de un club y trate de repetir el modelo inglés. Los ingleses, precisamente, salieron escaldados del Gran Premio de Bahrein. En particular Lewis Hamilton, con una serie de errores impropia de un aspirante al título: los nervios hicieron que el subcampeón se comiese a Fernando Alonso y arruinara la carrera. Las prisas de Ron Dennis por llevarlo al título, parece, están siendo contraproducentes con el fenómeno británico: antes de ser campeón, Alonso estuvo un año en Minardi y otro de probador con Renault, aprendiendo a perder y a foguearse con pilotos más rápidos. Hamilton, con toda su clase, acusa esa inexperiencia y arroja dudas en su tránsito de gran piloto –que lo es– a campeón capaz de marcar una época. Alonso, por cierto, dio un nuevo ejemplo de sinceridad y no buscó excusas en los daños del alerón, sino que reconoció que Renault está lejos del grado de competitividad que esperaba. Y ojo, porque después de tres carreras, la situación está todavía peor que en 2007: las mejoras previstas para Barcelona habrá que tomárselas con cautela, porque los demás equipos –Toyota, Red Bull, Williams, que están al nivel o por delante de la escudería del rombo– también van a mejorar. Será un año duro, visto que Flavio Briatore ha sabido engatusar a todos, pero Alonso sabía dónde se metía y su actitud no miente: trata de dar lo máximo. Para quien las carreras están descafeinadas por no poder luchar por los podios, eso es que no ha comprendido la dificultad y la lotería que es la Fórmula 1.

Fotografía de Roberto J. Madrigal