ROJO SOBRE GRIS
Toma mi libertad
Por Amalia Casado
3 min
Opinión04-11-2007
Soy libre cuando comprometo mi libertad. No sé cuántas veces habré escuchado esta frase o similares: cientos, decenas de veces, miles de veces en toda mi vida. Desde pequeña ya mi padre me hablaba de algo que no por abstracto es incomprensible para un niño: desde el clásico aprender a decir “no”, hasta fórmulas más complicadas a medida que iba creciendo del tipo “entrenarse en el dominio de uno mismo”, ser “tu propio jefe” o “interiorizar y hacer propias las normas”. De todo esto me hablaba mi padre. Si esa afirmación es verdadera, si de verdad soy libre cuando comprometo mi libertad, me hacía yo estos días las siguientes preguntas: ¿Me hará libre comprometer mi libertad a cualquier cosa? ¿Seré más libre cuanto más comprometida mi libertad esté? ¿Qué es la libertad? Y si la libertad es lo contrario de la esclavitud y el sometimiento, ¿cómo es posible que comprometer mi libertad me haga libre? ¿Es el uso de mi libertad lo que me hace libre, o un uso determinado de mi libertad? ¿Para qué sirve ser libre? ¿Por qué soy libre? Las cosas que se aprenden con la cabeza un día la propia vida las reclama para pasarlas por el examen de la experiencia. La vida es la verdadera prueba de fuego de las ideas. La vida reclama verdades, es una sedienta de respuestas verdaderas y no soporta vivir en la mentira porque de alguna manera natural tiende a buscar roca y no arenas movedizas para construir. Mentira es fracaso. Verdad es futuro y felicidad. Parece broma que algo tan sencillo pueda ser hoy tan discutido. En el colegio, cada ciertos años pasábamos todas las alumnas por una sesión divertida con la psicólogo. Nos hacían preguntas y yo las recuerdo. ¿Quién es mi madre para mí? ¿Quién es mi padre para mí? ¿Quién es mi hermana para mí? ¿Qué es lo que más me gusta de ellos? En unos días, voy a comprometer mi libertad para siempre, para todos y cada uno de los instantes de mi vida hasta que me muera. Voy a comprometerla libremente: nadie me obliga, ni me coacciona. Todo mi ser va a decir “sí, quiero” y se va a comprometer, todo mi ser, a repetir y vivir ese “sí, quiero” cada instante de la vida que venga después de ese momento. ¿Seré una esclava? No contestaría hoy lo mismo que de niña a la pregunta sobre mis seres queridos. Entonces tenía palabras y hoy no hay suficientes. Tampoco la respuesta sobre mi libertad es hoy la misma que entonces. Mi libertad la puedo usar, pero no me hace libre el simple hecho de tenerla ni de utilizarla. Es una capacidad que tengo de elegir, pero sólo me hace libre cuando elijo bien. Además es ciega: cada uno la guía y la entrena para ponerla al servicio de algo o de alguien. Si no la guías, otros lo hacen por ti aunque no lo sepas, te llevan donde no sabes si quieres ir y te convierten en algo que no sabes si quieres ser. Y, además, es cómoda y susceptible de ser engañada: de que le hagan creer que nos hace libres por el hecho de tenerla sin ser puesta en juego y comprometerla. Yo la voy a poner en juego. Me la voy a jugar toda a una carta: la del Amor con mayúsculas. Voy a entrenar mi libertad para que sea una guerrera siempre a la conquista de todas aquellas decisiones que me conduzcan a ser para mi futuro marido el fiel reflejo de la nueva Eva, que es María, y que dijo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra. Con su “sí, quiero” comprometió su libertad y abrió la puerta a la encarnación de Dios en el mundo: a nuestra salvación. Rojo sobre gris a quienes me han enseñado esto con sus vidas.
Seguir a @AmaliaCasado

Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo