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SIN CONCESIONES

Todo tiene unos límites

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura2 min
Opinión22-07-2007

Un semáforo en rojo, la declaración de la renta, un examen de inglés, la cerradura de una puerta... La vida está llena de límites que coartan nuestra actividad. Suelen verse como impedimentos para nuestra felicidad pero en realidad son instrumentos para la convivencia. Quien disfruta poniendo su vida en peligro a 160 kilómetros por hora en una carretera difícilmente comprenderá que el control de la velocidad no sólo busca protegerle a él, sino a todos los que por allí circulan. Decía John Stuart Mill que “la libertad del individuo debe estar limitada de algún modo para que no se convierta en una molestia para los otros”. Cuando la ex ministra de Sanidad Elena Salgado se empeñó en prohibir el tabaco a toda costa no atacaba a los fumadores sino que trataba de proteger, con más o menos tino, a quienes durante años hemos tragado de manera pasiva cartones de cigarrillos. No fumar en la oficina es una norma concreta y sencilla de cumplir, para el que quiere cumplirla. Sin embargo, hay otras mucho más complejas por ambiguas y difíciles de cuantificar. La libertad de expresión es una de ellas. Hay cientos de periodistas que aprovechan este derecho constitucional para decir y hacer cuanto les da la gana con la excusa de informar pese a que con su ejercicio laboral sólo deforman y confunden a los ciudadanos. Entre ellos existen profesionales del insulto y la ofensa que sientan cátedra tras la protección de un micrófono o una cámara de televisión aplicando la doctrina de Voltaire: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”. Por amplia que resulte la libertad de expresión, la mejor manera de no salirse de ella es aplicando el sentido común. Otros comunicadores, en cambio, emplean su derecho a decir cuanto se les pasa por la cabeza sin pensar en el daño que causan a otros. La principal damnificada suele ser la Verdad, esa víctima silenciosa que sólo rechista cuando no queda remedio para la enfermedad. En otras ocasiones, el afectado puede ser un famoso cantante, el alcalde de una pequeña ciudad, un futbolista próximo a retirarse, los seguidores de una determinada religión e incluso los futuros Reyes de España. Son capaces de cualquier cosa con tal de ganar audiencia, darse importancia ante el público, vender una publicación y tapar su desconocimiento con toneladas de arrogancia. Aunque se consideren periodistas, todos los que así actúan sólo manchan el buen nombre de esta maravillosa profesión. No han aprendido que “la causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutar la libertad”.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito