SER UNIVERSITARIO
Del humor al desprecio
Por Álvaro Abellán
4 min
Opinión22-07-2007
Los medios de comunicación no han perdido la oportunidad de mirarse al ombligo, otra vez. Llevamos toda la semana saturando al público español -e internacional- con el secuestro judicial del último número de El Jueves, una publicación satírica, por otro lado, marginal en lo que al “interés general” de nuestro país se refiere. Tanto por su estilo, como por sus contenidos, como por su difusión. Pero si vamos a debatir esta cuestión, sin duda menor en lo que a relevancia ha ocurrido en España o el mundo en estos días, hagámoslo, al menos, con cierto criterio. La libertad de expresión no es un derecho absoluto, sino un derecho orientado al cumplimiento de otro -el derecho de los ciudadanos a una información veraz para poder decidir en libertad-, y un derecho, además, que tiene sus límites: protección de la juventud y de la infancia, intimidad, honor, propia imagen y otros relacionados con la seguridad del Estado y el prestigio de la Corona -justo los invocados en esta ocasión-. Si la libertad de expresión no es un derecho absoluto, el hecho de que se censure un ejemplar de una publicación no es algo, en sí mismo, para poner el grito en el cielo. Todo dependerá, primero, del contenido que se ha censurado; y, secundariamente, si se considera oportuno censurar una publicación, ejecutarla del mejor modo posible. Vista la portada censurada, no nos quedan dudas: ningún ciudadano que se la pierda estará gravemente desinformado, ni habrá sufrido las consecuencias de un estado totalitario y opresor. Es más, se habrá ahorrado una caricatura de los príncipes bastante obscena y desagradable. Se quejarán, los artistas, en que se les ha cortado las alas a su humor y creatividad. Pero lo poco creativo que tenía el dibujo no necesitaba, para expresarse, de mostrar a los príncipes en pleno acto sexual. Más bien, esa imagen denigrante lo que buscaba era la provocación facilota y grosera a la que esta revista satírica nos tiene acostumbrados. Y si tiene poco de creativo, menos de humor. El humor es un divino arte que consiste en provocar una sonrisa -o una abierta carcajada- acerca de nosotros mismos y de nuestras imperfecciones de tal forma que podamos desdramatizar una situación y llegar a pensar, en el fondo, que nada es tan grave que merezca hacernos perder la alegría de vivir. Genios del humor fueron Tip, Mingote o Quino y su Mafalda; y son Forges, Ricardo, Máximo… Otra cosa es la sátira, asociada al sátiro cornudo con pies de cabra -como nos muestran muchas viñetas de esta misma publicación-, que consiste en denigrar al otro, en hacerle caer, en mostrarle miserable e irredento. El humor te anima a vivir con alegría; la sátira, te acerca peligrosamente al cinismo, a la crítica ácida, a la insatisfacción permanente y, en el caso de las viñetas publicadas, a la ofensa y el deshonor innecesarios. Entiendo la necesidad de publicaciones satíricas y que no aprecie su contenido no me impide defender su existencia. Pero la fina línea que separa a la sátira del desprecio y el deshonor es fácil de traspasar, y no está de más que todos nos corrijamos cuando la cruzamos. Y si no somos capaces de gobernarnos y llegamos a dañar innecesariamente a otros, tampoco está de más que nos corrijan otros. Como deseamos que corrijan a quien conduce bebido, a quien invade nuestra propiedad privada, a quien nos arremete física o verbalmente sin motivo, etc. Ahora bien: una cosa es que el contenido sea desafortunado o, incluso, censurable, y otra es si conviene censurarlo y cómo hacerlo. Aunque aquí caben diversas posibilidades y observaciones, una parece, desde luego, desafortunada, y es la línea seguida por el fiscal general de Estado -otra condepumpidada- y por el juez de turno. Porque lejos de censurar el contenido o la publicación, han multiplicado su difusión y fama hasta números que los propios editores no podían haber soñado. Lejos de proteger a la Corona, la han expuesto innecesariamente. Y lejos de ofrecer una imagen fuerte de nuestro Estado de Derecho, han transmitido una imagen entre paternalista e ineficiente. Vamos, que este fiscal general, más que una humorada se merece -sin caer en despreciarle- protagonizar una buena sátira de esas basadas en hechos reales. Pónganse a ello mis compañeros de El Jueves, aunque no seré yo quien la lea, salvo que osen enviarme un ejemplar a título personal.