ANÁLISIS DE DEPORTES
Dos formas de entender el fútbol
Por Roberto J. Madrigal
3 min
Deportes20-11-2005
El clásico entre Real Madrid y Barcelona tuvo poca igualdad, pero sí abundó el espectáculo –sobre todo por parte azulgrana– y el fair play de los aficionados, hasta el punto de que los merengues reconocieron sin tapujos la superioridad del rival. El morbo que pudiera haber con Samuel Eto’o se quedó en los límites del respeto, y las únicas acciones de cierta durezaa vinieron porque a algún jugador, como Pablo García y Giovanni van Bronckhorst, le dio por soltar el brazo para protegerse. A pesar de lo doloroso de la derrota –y de las pertinentes responsabilidades que los socios van a exigir a la presidencia y a los directivos, como debe ser, desde los cauces institucionales y deportivos–, el público de Chamartín demostró que ser aficionado blanco y apreciar el buen fútbol no están reñidos. Eso sí, haciendo autocrítica para reconocer que el Madrid tuvo muchos defectos: una actitud débil, un esquema táctico inapropiado y una lentitud de ideas, por momentos, exasperante. Las lecciones se pueden sacar en dos aspectos: uno evidente, el pobre rendimiento y las derrotas sonadas contra rivales de entidad, del que Vanderlei Luxemburgo debería tomar buena nota en su planificación para tratar de corregir. Sin embargo, la otra cuestión, tanto o más fiable tal vez, es la anímica: al Real Madrid le falta convicción, soltura, claridad, hasta el punto de que los síntomas, cada vez más preocupantes, se parecen demasiado a la lenta cuesta abajo de bastantes jugadores, como Zinedine Zidane. Los momentos más memorables, por encima de sus protagonistas, llegaron con los aplausos a Ronaldinho de Assis, un candidato firme al Balón de Oro. El público apreció los valores que quiere para sus jugadores: actitud, generosidad en el esfuerzo y detalles de clase. Reconocer el mérito del contrario es el mejor síntoma de la deportividad que imperó en el partido. Nada que ver con la euforia, acaso un tanto provinciana –sin ánimo de crítica y sin perjuicio del merecimiento–, de los aficionados culés. Aunque para muchos, el gustazo de ganar al Madrid lo compensa casi todo –para un aficionado blanco las miras son otras y se basan en los éxitos históricos del propio club–, en Cataluña son más dados a medir sus éxitos en función de lo que haga el gran rival. Son formas de celebrarlo, aunque esta vez la mala educación no se coló en la fiesta azulgrana. En cualquier caso, no hay duda de que Real Madrid y Barcelona se necesitan mutuamente, de tanto en cuando, para examinarse a sí mismos. Qué distinto fue el derbi hispalense. Incomparable ni por alcance ni por otros factores, por supuesto, sí se vieron definidos, al menos, otros rasgos, diferentes y algunos más feos. La tradición del pique entre las dos mitades de Sevilla le da al partido una vidilla única, alejada de la trascendencia que se supone a los dos grandes. Las bromas –más o menos graciosas, eso sí– entre vecinos es siempre especial. Lástima que el espectáculo no estuviese a la altura. El afán por no perder –tonto el último– lleva a que todo dependa del resultado, cueste lo que cueste. Lo peor son los malos ejemplos: las artimañas siempre han existido y existirán, pero no pueden ahogar al propio juego, ni aun cuando las circunstancias lo pudieran, engañosamente, aconsejar. Saber mantener y morir con un estilo propio, fiel a sí mismo y con elegancia, reconocible e identificable para el aficionado, es el primer paso para no olvidar que el fútbol es sólo un deporte.
