Esta web contiene cookies. Al navegar acepta su uso conforme a la legislación vigente Más Información
Sorry, your browser does not support inline SVG

ANÁLISIS DE ECONOMÍA

Racanería

Fotografía

Por Gema DiegoTiempo de lectura2 min
Economía12-06-2005

Con el rechazo del Tratado de la Constitución Europea en Francia y Holanda el sentimiento de moda hacia lo europeo se ha invertido. Si antes lo progre, lo que se llevaba, era identificarse con el cosmopolitismo de la UE y apoyar toda medida procedente de Bruselas, ahora ha hecho su aparición un temor irracional a todo lo que suene a avance en la construcción europea. Fruto de esto es la reducción del aporte de los estados al presupuesto comunitario en términos porcentuales. Si destinar un poco menos del dos por ciento a algo ya resulta ridículo, más aún lo es contribuir con un irrisorio uno por ciento. E incluso a algunos les sigue pareciendo mucho. ¿Es que sólo se puede obtener una Europa unida por un camino y, fracasado éste, hay que destruir todo lo que se ha logrado hasta el momento? En vez de aprovechar lo aprovechable, se opta por la estampida y la destrucción. Pero esa vía tiene un error dentro de sí. Y es que, para bien o para mal, los países dependen unos de otros, y existen lazos que no se pueden cortar fácilmente. Por ejemplo, la zona euro ya está aglutinada sin remisión –al menos, en lo aconsejable- dentro de una misma política monetaria. Y las fluctuaciones en los precios de la energía afectan a todos los países de la UE, al igual que la interrelación del comercio es imparable y causa catástrofes si los productos no se intercambian dentro de unas reglas de competencia leal. Es cierto que un país puede decidir lo que le dé la gana si a sus ciudadanos se les hinchan las narices. Pero no lo es menos que todos estamos en el mismo carro, y si nos estrellamos la culpa y las consecuencias serán para todos.

Fotografía de Gema Diego