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SIN ESPINAS

Miedo al encuentro

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura1 min
Opinión09-05-2005

Los demás son el espejo que mejor habla de nosotros. O que peor, como en el caso de Sartre, a quien sus semejantes le describieron siempre el infierno en el que su orgullo le había sumido. Es ese inevitable reflejo el que nos asusta; el que, a veces consciente a veces inconscientemente, marca unos límites muy definidos en nuestra relación con el otro. Todos nuestros complejos, nuestros temores, espantos y cobardías aparecen dibujados con perfecto trazo en la experiencia del encuentro personal. Asimismo, nuestras virtudes, valentías y heroísmos nos son desvelados por nuestros prójimos con una exactitud que nosotros mismos seríamos incapaces de alcanzar nunca. Los demás son los que nos ayudan a conocernos a nosotros mismos. Son el campo de trabajo donde arar nuestra mejor personalidad y plantar nuestra semilla, son la materia prima para construir el corazón más capacitado para amar y ser amado. Entonces ¿Por qué y de dónde viene el miedo al encuentro con el otro? Del egoísmo la ceguera que impide que veamos en el contacto con el semejante una nueva posibilidad para hacer crecer de inmediato nuestra felicidad. El egocentrismo nos encierra tanto en nosotros mismos que vuelca nuestra mirada del frente hacia el ombligo. La soberbia es la otra gran enemiga. Esa que asimila acríticamente los piropos y dota al hermano de la potestad para loarnos, y le niega cualquier facultad para explicitar nuestras miserias y debilidades. Luchar contra esos dos enemigos de nuestra felicidad y creernos concientemente que cuando nos cruzamos con otra persona, al menos nos tiene tanto que ofrecer como nosotros a ellas, puede ser el gran remedio a la soledad y a la deshumanización que planea sobre esta civilización cosmopolita que ha heredado ese trágico enunciado de que el infierno son los otros.

Fotografía de Javier de la Rosa