SIN ESPINAS
Ciclos
Por Javier de la Rosa
1 min
Opinión14-03-2005
Los griegos consideraban que la historia es un fenómeno periódico que, por lo tanto, pasa por una serie de fases que tras un cierto número de años vuelven a repetirse de nuevo. A esta visión de la historia se le contrapone aparentemente la concepción lineal, que considera que los hechos acontecen de acuerdo al transcurso natural del tiempo y con escasa o ninguna acción paralela o secundaria. Es decir, imposible de repetirse de manera cíclica. Sin embargo, la realidad nos ofrece una experiencia ambivalente que nos hace dudar sobre a cuál de las dos concepciones acogernos. Una civilización surge, se desarrolla, emerge, domina, entra en decadencia y es abatida por otra que, se desarrolla, brota, muere y es superada por otra que renace, se extiende y se extingue. Y siempre afloran las mismas causas que determinan la estructura invisible que sostiene esos fenómenos vitales. Ya sea de una civilización, de una economía determinada, de un equipo de fútbol al que se le acaba un ciclo o a cada uno de nosotros. Todo sufre un ciclo, todo se va transformando, todo está en cambio continuo y es por tanto contingente. Quiénes estudian filosofía saben muy bien qué significa admitir que las cosas sean contingentes. Porque lo contingente es lo que puede suceder o no suceder, es decir, que no es necesario. Por tanto, ¿qué es indispensable que sea para que la historia y existencia universal y personal -aún siendo muy parecida, casi idéntica en algunas ocasiones- sea siempre distinta, única, individual, irrepetible y nueva? Hace falta que exista un ser necesario, cuya incontingencia vertebre la historia y sea hilo conductor que sostenga transversalmente cada átomo de vida sobre la faz del cosmos.
