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Los romanos, que creo que también iban a los toros, dirían que seríamos unos insanus o unos demens, porque otra como ésta y nos quitan el carné de aficionado a más de uno y a más de dos. Y es que hay que estar muy loco para tropezar otra vez en la misma piedra y clavársela en la cabeza. Aunque, al parecer, a los que presumimos de taurinos, no nos apetece ir a los toros. Sólo nos interesan esas dos corridas de postín, que son por regla general un tostón, para ponernos un clavel reventón en la solapa, y gafas ahumadas para aguantar marea. Hasta que las aguas se revuelven y nos ahogamos de rabia. Estamos locos. Cambio de tercio. Esta es la historia de un matrimonio, que dejó por unos días sus EE.UU. porque se aburría. Los rubiales, con los rostros cual tomate de Almería al sol, aguantaron marea (marea de la buena) cuando se achicharraban en las brasas graníticas del tendido cinco de la Monumental capitalina. Los simpáticos, intrépidos y victoriosos rubiales, han decidido volver a una bull-fight, porque les ha gustado el asunto. Siempre habrá quien diga que para cruzar el Atlántico para aquél fin no tendrían que estar stark mad: en cristiano, locos de remate. Razonemos nuestra sinrazón: ¿a quién le amarga un dulce? ¿Quién reniega de la templanza y largura del toreo? ¿Quién rechaza la movilidad, la casta y la bravura en su esplendor? Los locos. Los del tendido cinco se ponían las manos al juego con la faz de tanto aplaudir. Y nosotros en casita. Entre cuatro paredes, mientras López Chaves tocaba aquel ladrillo meridiano del arco de la puerta que asoma a Alcalá. Tocó el ladrillo a base de torear como debe ser. Para volverse loco. El salmantino, se dobló con el quinto, se colocó, y cuando estaba eclipsado el arte de tanto arte, decidió seguir con la templanza de los naturales, con la inteligencia en la colocación, con la seguridad aún siendo novillero, y con esos aires tocados por el buen aroma mexicano... y la estocada. La gente, enloquecida, pidió dos orejas. El palco, en sus cabales, las concedió. Como también premió el presidente al de Ignacio Pérez Tabernero con la vuelta al ruedo. Como para volverse loco. Locos por no llenar la plaza. Y lo repetiremos y nos quedaremos en casa no como locos: como tontos. Días antes "El Cordobés" había salido a hombros de la Plaza de Toros de Valencia. Manuel cortó una oreja a cada uno de su lote, del Puerto de San Lorenzo, y sacó recursos y ganas para estar acorde a las circunstancias. El Cordobés toreó por lo clásico y por lo heterodoxo. Hubo rana y toreo bueno con sabor a arte. El diestro aguantó la compostura y dejó ver que también había otro triunfador en la tarde: el ganadero que ha recibido el premio al mejor toro de Fallas, "Cartuchero", muerto por Manuel Díaz. Un sitio aparte merece José Tomás. El de Galapagar entró por la puerta de la sustitución, y para asombro de la empresa ganó credibilidad al aguantar el tipo. José Tomás desempeñó honradamente el papel que le había tocado en Fallas al sustituir a Joselito, que está de baja por una lesión. Y curiosamente, y por méritos propios, el joven espada recibió un trofeo, y aclaró las cuentas como debe hacerse: con el toreo, no con las discusiones en los despachos. Finalmente el premio al novillero más destacado ha correspondido a Rafael de Foyos, y el hierro de Torrestrella recibirá el de mejor ganadería. |