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![]() Su biografía va entretejiendo episodios de carácter personal con sucesos políticos. A los nueve años, el niño de familia bien que vive en una casa madrileña frente al Retiro, ha visto morir a su madre y conoce el odio que le inspira su madrastra. Semprún, sin pelos en la lengua y citando nombres, fechas y lugares, cartas y documentos, recoge una multitud de sabrosas y crueles anécdotas que convierten la leyenda en una historia turbia y muy poco ejemplar. Ropa sucia lavada en público, con valentía y sin contemplaciones, a menudo haciendo que el lector ate cabos con sus propios recuerdos y entienda circunstancias que en los años de antifranquismo parecía lo que no eran. Sólo con furia se podía romper con un pasado así, dando fuertes y bruscos tirones, también diciendo un montón de cosas de un sentido común apabullante, lo cual ha de ser escandaloso tanto en literatura como en política. Antes que a la generación del 98, Pío Baroja pertenecía, a juicio de Marañón, a una singular categoría entre sus españoles predilectos: la de aquellos en cuyos libros "había aprendido a leer". Era un grupo nutrido y diverso, pero ellos convenían en la autentica "debilidad" que por ellos sintió desde sus años de adolescente. No sabemos en qué preciso momento se conocieron. El primer intercambio epistolar que se conserva entre ellos esta fechado en 1931. Un artículo de Baroja da pie a Marañón a que le escriba a propósito de un personaje singular a ludido por aquél, y Baroja le agradece su carta. Ambos textos permiten suponer, por su tono de familiaridad, que ya se trataban. Pero la asiduidad de su relación debió de establecerse con ocasión de la elección de don Pío como académico. "Antes de eliminar a algún individuo que no interesaba, los mafiosos celebraban una gran comida. A lo largo de ella, el elegido era asesinado. Después volvían a la reunión a degustar unas berenjenas, habituales en las comidas mafiosas o una lasaña. Sin problemas" sin problemas apunta Aparicio. En cada capítulo, describre una comida organizada por los mafiosos, con dos aspectos primordiales: el fin y el contenido. En éste último caso, los autores explican detenidamente los diferentes platos degustados. El menú era extenso y lleno de imaginación, con un total de siete especialidades, para acabar con helados, tartas, quesos, cremas y manzanas asadas, sin prescindir de un Marsela, a modo de vino dulce. El libro recoge diez reuniones gastronómicas: un banquete de honor a Garibaldi, la interrupción de Don Vito, el honor de la visita de Mussolini a Piana dei Greci, la reunión de Don Guiseppe con Frank Sinatra... Cada plato es explicado sin olvidar ninguno de sus ingredientes, y su objetivo: matar a la víctima. |