Opinión | La Semana que vivimos - Del 26 de marzo al 1 de abril de 2001 - Número 201 |
SIN CONCESIONES Vencer no es tan importante. Lo verdaderamente destacable es la forma en la que se gana, incluso cómo se recorre la vida. Ganar con trampas no es ganar. Pero perder con honradez y autocontrol, en muchos casos, sí es ganar. Ganar no es eliminar al adversario a toda costa. No es echarlo del país y destruir sus posesiones. Ganar tampoco es atrincherarse y esperar un golpe de fortuna. Ganar es vivir uno mismo y dejar a los demás que vivan y, por supuesto, que también ganen. Resulta imposible ganar siempre en esta vida. Hay que aprender de las victorias y de las derrotas. Casi siempre, las derrotas esconden decenas de lecciones más que la mejor de las victorias. Perder también enseña a ganar. Lo más importante en esta vida es vivir. Vivir y dejar vivir. Ayudar a que los demás también vivan, también aprendan y también ganen. Que aprendan a ser felices y respetar su felicidad. Vivir es de por sí una felicidad. Pero la verdadera felicidad no llega en sólo diez minutos. Quien corre toda la vida en tan poco tiempo, rara vez encuentra de cara la verdadera felicidad. Hay personas que viven toda una vida sin ser felices. Y hay personas que viven la vida y sólo llegan a ser felices al final, o viceversa. Vivir no tiene precio, pero no dejar que los demás vivan sí lo tiene. Que se lo pregunten a Augusto Pinochet o a Slobodan Milosevic. La vida siempre es un camino de largo recorrido. Quien la corre demasiado deprisa, demasiado despacio o hace trampas en el camino, antes o después, lo acaba pagando.
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La Semana que vivimos